Serie De Los Juegos Del Hambre ●
—¿Sabes lo que proponen? —preguntó él, sentándose a su lado.
Esa noche, Peeta encontró a Katniss sentada en el porche, mirando las estrellas.
El día de la memoria, Katniss llegó al borde del lago. No llevaba ni arco ni flechas. Llevaba una flor de diente de león en el bolsillo. La multitud era silenciosa. Los distritos estaban representados por telas de colores: azul marino del 4, rojo del 11, gris del 12. serie de los juegos del hambre
—Una carrera. Como si pudiéramos correr hacia atrás en el tiempo.
El consejo leyó los nombres de todos los tributos caídos en los 74 juegos y en la guerra. Cada nombre era una piedra lanzada al agua. Al final, una niña del 12, de no más de diez años, se adelantó y dejó una rosa blanca sobre la superficie del lago. Flotó un instante antes de hundirse lentamente. —¿Sabes lo que proponen
—Corran —dijo en voz baja, solo para Peeta, que la sostenía del brazo—. Que corran por ellos.
Ella apoyó la cabeza en su hombro. Recordó a Rue, a Thresh, a Mags, a Finnick. Recordó a su padre, a Prim. Recordó a los chicos de los tributos que nunca tuvieron nombre en la prensa del Capitolio. El día de la memoria, Katniss llegó al borde del lago
Peeta viajaba a menudo al Distrito 11 para ayudar con los huertos conmemorativos. Él plantaba rosas, sí, pero también girasoles, caléndulas y nomeolvides. Flores que no olían a muerte. Flores que podían crecer sin miedo.
Esa noche, mientras caminaban de regreso a casa, Peeta le preguntó:
—No —dijo Katniss, devolviendo el broche—. Ya no soy su símbolo.