En el vasto y brillante universo de las princesas Disney, donde los castillos flotan en las nubes, las doncellas esperan en torres encantadas y los príncipes azules aparecen con un beso, Tiana y el Sapo (The Princess and the Frog, 2009) llegó como una bocanada de aire fresco y especiado del sur de los Estados Unidos. Más que una simple película, fue un regreso triunfal a la animación tradicional dibujada a mano, un género que Disney había ido dejando atrás, y una carta de amor a la cultura de Nueva Orleans, el jazz, el sueño americano y, sobre todo, al poder del trabajo duro y el amor verdadero.
La trama da un giro deliciosamente irónico: para romper el hechizo, Naveen necesita el beso de una princesa de verdad. Al no haber una a la vista, convence a Tiana, vestida con su mejor traje para una gala, de que lo bese. Pero el beso no rompe el encantamiento; por el contrario, ¡transforma a Tiana en un sapo también! Es entonces cuando comienza la verdadera aventura. Huyendo de las fiestas y los jardines, los dos sapos se adentran en el corazón del Bayou, un mundo mágico, misterioso y lleno de vida, muy lejos de las calles adoquinadas de Nueva Orleans. Tiana Y El Sapo
La película, sin embargo, es un juego de contrastes. Enfrente tenemos al príncipe Naveen de Maldonia. Donde Tiana es estructura, él es caos. Donde ella es responsabilidad, él es carisma irresponsable. Naveen llega a Nueva Orleans como un artista del jazz despreocupado, sin un dólar en el bolsillo pero con una sonrisa deslumbrante. Su objetivo no es encontrar el amor, sino financiar su estilo de vida. Su destino se cruza con el del malvado Dr. Facilier, el "Hombre de las Sombras", un villano vudú fascinante que comercia con los deseos humanos a cambio de almas. Con un truco de cartas y un beso de una princesa falsa (su leal acompañante, Charlotte, la amiga rica y excéntrica de Tiana), Naveen es transformado en un sapo. En el vasto y brillante universo de las